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» » Piedras celtas y barcos vikingos en la península de Barbanza

(31/08/18 - Arqueología)-.En la península de Barbanza duerme uno de los castros celtas más grandes y mejor conservados. Los restos de dos murallas y de una veintena de casas descansan en la cima de un pequeño montículo, rodeadas por acantilados junto al mar y ajenas al paso del tiempo. 

Sentada sobre esas piedras, el viento golpea el rostro con fuerza. El sonido de las olas chocando contra las rocas resulta casi hipnótico. Estas rocas han vivido las tempestades de más de dos mil años, aunque permanecieran ocultas durante siglos. 

El castro de Baroña no se descubrió hasta 1933. Sin duda, los celtas escogieron bien la ubicación de su asentamiento. Ni sus peores enemigos habrían dado con él. Su restauración se culminó hace apenas siete años.

Si nos desplazamos hasta la punta sur de la península, siguiendo su línea litoral repleta de playas, se llega al parque natural de Corrubedo. Allí convergen la frondosa flora gallega con un impresionante cordón dunar que recrea un entorno desértico a orillas del mar. Un paisaje en el que relajarse y, si el clima lo permite (en Galicia, nunca se sabe), tomar el sol. Y hasta bañarse en las aguas heladas del Atlántico. Una opción solo apta para los más valientes.

Hacia el este de la península, adentrándonos por la ría de Arousa hasta la desembocadura del río Ulla, se llega a Catoira. Un pequeño pueblo de 3.500 habitantes, situado ya en la provincia de Pontevedra. 

Esta ría era uno de los accesos más directos para dirigirse a Santiago de Compostela. En el siglo IX, el rey Alfonso III ordenó construir allí una enorme muralla defensiva con siete torreones, de los que hoy se conservan dos: las Torres de Oeste, ahora medio derruidas y rodeadas de vegetación.

Aquí se produjo una de las batallas más famosas del lugar. Los barcos de los guerreros vikingos llegaron a este anclaje y lucharon cuerpo a cuerpo con los cristianos del pueblo. Un enfrentamiento que se recrea cada mes de julio en la Romería Vikinga. 

Ataviados con ropas de la época, hordas de vikingos desembarcan de un enorme drakkar (barco típico de los nórdicos) que se construyó para la ocasión y que el resto del año permanece anclado junto a las torres. 

La otra parte de los asistentes al evento aguardan en tierra firme con sus armas. Vestidos con arapos medievales, representan a los cristianos. Tras la recreación de la lucha entre ambos bandos, todo el mundo festeja, bebe y come. Vino, mejillones y otras delicias locales. Pero esa es otra historia. Porque la gastronomía gallega, con o sin vistas al mar, merece un espacio aparte.

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