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» » ¡Santos Sapos Psicodélicos!

(13/08/18 - Arqueología)-.El sapo de Sonora, cuyo uso ritual quedó sepultado tras la colonización y ha emergido en años recientes con fines terapéuticos, vuelve a ser rescatado en el estudio de las civilizaciones mesoamericanas.

La entrada al recinto más sagrado de Tenochtitlan, la majestuosa capital del imperio mexica, está flanqueada por dos ranas sonrientes esculpidas en basalto. Otro sapo de piedra, orondo, de más de un metro de altura, aparece tumbado entre un temascal y la pista del juego de pelota en un yacimiento olmeca de la costa de Veracruz. El friso de los Cuatro Reyes, en un templo maya en Campeche, tiene como imagen central una monstruosa y gigantesca figura con la base de un sapo sentado a dos patas, del que se superponen serpientes, brazos y cabezas humanas.

¿Se trata siempre del mismo animal? ¿Existe algún significado común entre las grandes culturas mesoamericanas? Todas estas representaciones de batracios estarían conectadas y remitirían a una especie en concreto: el Bufo alvarius, un sapo endémico del desierto de Sonora cuyo veneno tiene unos potentes efectos alucinógenos. Esta es la tesis de Octavio Rettig un cirujano de Jalisco que desde 2011 trabaja en su uso terapéutico para casos de adicciones y que ha llevado a cabo una investigación independiente, junto con el cienasta mexicanoamericano Leonardo Bondani, plasmada en el documental OTAC & The Ancient Sacred Medicine Ceremony.

El Bufo alvarius, o sapo del río Colorado, una de las 400 especies de ranas mexicanas, almacena en unas glándulas detrás de la cabeza una secreción que, deshidratada y después fumada, contiene un explosivo coctel de alcaloides psicoactivos, sobre todo, el 5-MeO-DMT. Una molécula, presente en dosis bajas en el propio cerebro humano, que al circular por los receptores de la serotonina provoca breves pero agudísimos estados de alteración o rapto de la conciencia.

“Hoy en día solo tenemos remanentes de esta tradición, porque la colonización exterminó su práctica, pero debió haber sido muy importante para los humanos de la antigüedad. Se trata de la fuente más importante de triptaminas en la cadena de experiencias con enteógenos de los pueblos prehispánicos”, apunta Rettig en la cinta. Bajo esta premisa, su investigación rastrea en las representaciones artísticas y restos arqueológicos el hipotético uso ritual de esta sustancia en las principales culturas mesoamericanas.

En El Cuajilote, el yacimiento religioso veracruzano atribuido a los olmecas −considerada la cultura madre de la zona norte y centro del altiplano−, la colocación precisa del sapo de piedra hace pensar al arqueólogo e investigador del INAH Jaime Cortez que pudiera estar vinculado con prácticas místicas. “Como parte del centro ceremonial, el espacio entre el temascal [una especie de sauna de vapor] y el juego de pelota, hablan de pasos rituales de iniciación o de transición. El propio temascal, que favorece la inhalación de estas sustancias, está ligado además al inframundo y de cierta manera es también la matriz que da luz a un nuevo guerrero”.

El uso de psicoactivos alucinógenos está bien documentado por los antropólogos. La representación por ejemplo de Xochipilli, la deidad mexica de las flores, tiene el pedestal y el cuerpo decorado con motivos vegetales que han sido identificadas como distintas variedades de hongos. La tesis de Rettig va más allá y asocia alguno de estos símbolos al Bufo alvarius. Figuras elípticas con rombos en su interior que corresponderían a la estructura de las glándulas dorsales de la rana.

Tlaltecuhtli, la diosa mexica de la tierra, también conocida como la diosa sapo, es representada como una figura entre animal y antropomorfa con las piernas abiertas a horcajadas en posición de parto, pero también como una posición análoga a la fisionomía de los batracios. Una de sus estatuas, expuesta en el Templo Mayor tras ser hallada en 2006 en una excavación en la capital, está acompañada de conchas y restos marinos, un indicio, según la investigación independiente, de que hubo contacto con la zona costera de Sonora.

La iconografía de ranas ha estado tradicionalmente vinculada a símbolos de fertilidad, por su asociación al agua. El texto explicativo que acompaña las dos sapos sonrientes del Templo Mayor señala que “el croar de estos anfibios anunciaba la llegada de las lluvias. Durante la fiesta de la veintena de Tozoztontli, celebración relacionada con el maíz, las ranas eran vestidas de azul, para después ser sacrificadas y asadas”.

Rettig por su parte ha prestado atención a las dos serpientes, decoradas con plumas, que acompañan a los dos batracios en la entrada del recinto. “Quetzalcóatl –del náhuatl, serpiente emplumada– es el mayor símbolo de la espiritualidad en todas las culturas mesoamericanas. El mito dice que sus rayos de luz atraviesan la piel sin causar dolor y salvan a la humanidad. Le permiten al hombre conectarse con esa divinidad que lleva dentro, que simboliza a Dios. Estas leyendas cobran nuevos sentidos al relacionarlas con la experiencia mística de reconexión de la que hablamos cuando tomamos la medicina”, apunta en relación al consumo de la secreción del sapo.

El mito del Quinto Sol da forma inaugural a toda la cosmovisión mesoamericana. En su versión mexica, registrada en el siglo XVI por fray Bernandino de Sahagún, una asamblea de dioses se reunió alrededor de una hoguera en Teotihuacán para decidir quien iluminaría el mundo. Tras cuatro intentos fallidos, Nanahuatzin, el dios de las llagas, pequeño, amorfo, humilde, se ofreció a morir sacrificado en la hoguera para reencarnarse después en Tontiuh, el quinto sol con el que da comienzo el mundo de los humanos. Antes, había presentado como ofrenda unas espinas de maguey bañadas en la secreción de sus llagas. Más reminiscencias a una supuesta divinidad originaria relacionada con batracios, líquidos mágicos y fuego.

En el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, Rettig profundizó su hipótesis. Unas pinturas sobre unas vasijas mayas del 1000 a. C. muestran el siguiente pasaje: una figura humana tiene la boca pegada a una especie de artilugio en espiral (que correspondería a una pipa de fumar) que conecta a una animal con forma de sapo. La siguiente secuencia es la transmutación del humano en jaguar, el símbolo tradicional asociado al chamanismo. En la misma sala encontró más utensilios con formas de ranas y posibles usos para fumar.

El uso de psicodélicos procedentes de batracios en zonas mayas también ha sido registrado con anterioridad. Pero con un matiz importante. Según el antropólogo y etnobotánico Edmund Wade Davis se trataría de otra especie: el Bufo marinus, propia de las costas de Yucatán y de una morfología casi idéntica a su hermano alvarius. Con la diferencia de que ni el modo de consumo, ni la sustancia lisérgica que segrega esta especie corresponde específicamente con la del sapo objeto de la investigación: el 5-MeO-DMT. Retting argumenta a su favor que las grandes capitales olmecas, mexicas o mayas funcionaban como centros de peregrinación y comercio dentro del territorio mesoamericano, con una constante circulación de personas y productos, como indicaría el hallazgo de conchas marinas en Tenochtitlan.

Su proyecto se fundamenta también en llevar de regreso este supuesto conocimiento ancestral perdido a su lugar de origen: las comunidades seris del norte de Sonora. “Tanto ellos como el resto de los pueblos del desierto están íntimamente ligados con el Bufo alvarius desde que conocimos el fuego y comenzamos a cocinar los alimentos”. Tras encontrarse con la medicina de la mano de un artesano californiano a mediados de la década pasada, este cirujano mexicano se instaló en la comunidad seri y comenzó a aplicarla en adictos a la metanfetamina. “La comunidad me abrió la puerta al demostrar su efectividad. A la vez, ellos fueron enriqueciendo con su conocimiento ancestral y sus cánticos la metodología que yo venía aplicando”.

Hoy, los chamanes seris recolectan, tratan y consumen la secreción del alvarius como parte de sus rituales, integrando por ejemplo uno de sus cantos antiguos, llamado “rezo del sapo”, o el mito originario del cuacöj cuasol, el hombre amarillo, el primer habitante del desierto que les confirió el conocimiento de la tierra por medio de sus cantos y sus rezos.

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