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» » Los animales y la religiónm en el Antiguo Egipto

(06/09/18 - Historia Antigua y Religión)-.La religión en el Antiguo Egipto estaba emparentada numerosos seres antropomórficos que maridaban a los seres humanos con los más diversos tipos de animales.

Quién ignora, Valusio Bitínico –se preguntaba el poeta latino Juvenal en una de sus sátiras–, los monstruos que adoran los insensatos egipcios? Unos rinden culto al cocodrilo, otros sienten espanto ante el ibis, atiborrado de serpientes; brilla de oro la estatua del mono catirrino; se adora el lugar donde resuenan los sonidos armoniosos de la estatua de Memnón y donde yace la vieja ciudad de Tebas enterrada con sus cien puertas. Aquí adoran a los gatos, en otro sitio a los peces de los ríos, más allá toda la ciudad venera a los perros, nadie a Diana».

Esta crítica mordaz revela cómo para Juvenal (55-138), al igual que para el resto de romanos, los ritos religiosos egipcios resultaban incomprensibles e ilógicos, y dentro de ellos lo que más les desconcertaba era el papel que jugaban los animales. Que se rindiera culto a cocodrilos, peces o gatos les parecía una aberración, o bien cosa de risa.

La función de los animales en Egipto
Sin embargo, hoy sabemos que los egipcios se regían mediante su propio mecanismo de pensamiento y que los animales desempeñaban una función central en su sistema de creencias.

 A partir de la observación de su entorno natural, el del valle del Nilo, con su abundante y variada fauna, los antiguos egipcios adquirieron un gran saber zoológico que luego traspasaron al ámbito divino. De este modo, todas aquellas características del comportamiento animal que no podían entender ni explicar, y que a su juicio eran sobrenaturales, las aplicaron a los dioses.

Los animales que sirvieron como receptáculos para la divinidad eran enormemente diversos. Ellos por sí mismos no eran sagrados, salvo algunas excepciones. Por ejemplo, el dios toro Apis era sagrado por derecho propio, pues sólo en él se había encarnado el dios Ptah-Osiris. 

Los sacerdotes buscaban por todo el país un ejemplar que reuniera 29 marcas precisas, entre ellas pelo negro, un pequeño triángulo blanco en la frente, un buitre con las alas desplegadas en su lomo, los pelos de la cola divididos en dos y la figura de un escarabajo en su lengua. 

Los egipcios creían que este ejemplar era el único que había sido engendrado gracias a un rayo de luz solar que había fertilizado a una vaca. El toro escogido vivía en Menfis, donde disfrutaba de un harén de vacas y recibía toda clase de ofrendas y cuidados. 

A su muerte era momificado y enterrado en el Serapeo de Saqqara, acompañado de un conjunto de ushebtiu, figurillas funerarias que realizarían por él los trabajos en los campos del inframundo.

Los egipcios creían que el toro Apis había sido engendrado por un rayo solar que había fertilizado a una vaca

Ofrendas en el templo
Muchos otros animales estaban asociados a diversas formas de culto en los templos del Egipto faraónico, aunque no se los mantenía vivos como a Apis. Así, en el templo de Kom Ombo, dedicado al culto del dios cocodrilo Sobek y al halcón Haroeris, se criaron y momificaron muchos cocodrilos para este dios. 

Asimismo, cerca de Beni Hasan y en Saqqara se enterraron momias de gatos en honor a las diosas Pakhet y Bastet, y en las catacumbas de Tunah el-Gebel se depositaron miles de momias de ibis y babuinos, emblemas del dios Thot.

Todos eran sacrificados para servir de ofrenda a los dioses que representaban, pues los egipcios creían que estos animales eran agradables a la divinidad y que el dios sólo se manifestaba puntualmente en ellos. 

En la Baja Época (664-330 a.C.) se preparaban gran cantidad de momias de animales, previamente sacrificados, que se vendían a las puertas de los templos para que los devotos pudieran adquirirlas y presentarlas al dios con la esperanza de que éste oyera sus ruegos y les concediera lo que deseaban.

En la Baja Época se vendían miles de momias de animales previamente sacrificados como ofrendas a los dioses

Para entender el desarrollo de estos tipos de culto hay que retroceder unos cinco mil años, hasta el período Predinástico y la época tinita. Algunos animales que sorprendían a los egipcios por sus habilidades fueron adquiriendo rasgos «humanos», y de ahí se pasó a imaginar a los dioses como entidades que reunían la inteligencia del hombre y las cualidades propias del animal. 

Incluso se representó a las divinidades con una forma animal completa. Vacas, halcones, serpientes y leones son los que aparecen con más frecuencia. Por ejemplo, la vaca Bat, debido a su leche nutricia, surgió como una diosa ligada a las mujeres, a la realeza femenina y a la alimentación divina. 

Bat podía proteger al rey situándolo bajo su cabeza y entre sus patas, recibir al difunto a su llegada a la tumba o, como mujer con cabeza de vaca y dotada de un tocado formado por cuernos y disco solar entre ellos, asistir en los partos a modo de comadrona divina.

Híbridos y fantásticos
La multiplicidad de dioses con una forma animal es también resultado de una larga evolución. En el período Predinástico, cuando dos poblados luchaban entre sí el vencedor adoptaba a los dioses del vencido, sumándolos a su panteón, de modo que no desaparecía ninguna divinidad. 

Esto explica también que divinidades diferentes se encarnaran en un mismo animal. Así, los dioses cánidos Anubis y Upuaut pueden llegar a confundirse, pero en realidad poseían atribuciones y funciones diferentes: Anubis protegía la tumba y era el dios de la momificación mientras que Upuaut, como su nombre indicaba, era el encargado de «abrir los caminos» hacia el Más Allá. 

Algunos dioses adoptaban formas híbridas, lo que era un modo de concentrar atributos que aumentaran su poder mágico y su capacidad protectora o violenta. Tal era el caso de la deidad protectora del hogar, el enano Bes, al que no era extraño representar como un ser alado y con una cabeza formada por otras muchas de diferentes bestias.

Es inevitable que todo este panorama nos produzca cierta perplejidad. Para nosotros, resulta difícil de entender que un solo animal se asocie a varios dioses y que a veces éstos compartan leyendas. Pero para los egipcios lo importante era el concepto que se quisiera expresar y no el nombre local que recibiera la divinidad, porque ésta se podía manifestar en muchos animales diferentes, dependiendo del aspecto que se quisiera enfatizar.

Hay dioses cuya forma no se ha podido identificar claramente con una especie animal concreta. Es el caso de Seth, un dios considerado «Señor de los oasis y de la tierra roja» (es decir, el desierto), así como responsable de seísmos, truenos (denominados la voz de Seth), vientos fuertes y eclipses –hay que recordar que los egipcios creían que el caos era necesario para que existiera el orden–. 

En ocasiones, Seth se reviste de cualidades defensivas, como cuando protege la barca de Re en su viaje nocturno. Su aspecto es confuso: podría ser un cuadrúpedo fantástico, un asno, un lebrel, un perro, un okapi, una jirafa o un oso hormiguero. Seth también mató a su hermano Osiris, un mito que quizá rememorara las luchas primitivas entre las ciudades de Hieracómpolis y Ombos.

Otros animales fantásticos de la religión egipcia fueron el serpopardo –caracterizado por su cuerpo felino, cuello largo y cabeza de leopardo– o el grifo, también con cuerpo felino, cuello corto y cabeza de halcón. En la mayoría de los casos, sin embargo, el notable realismo del arte egipcio permite identificar la forma animal bajo la que se presentaba el sinfín de dioses del mundo faraónico.

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