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» » El misterio de las momias de los reyes incas

(25/11/18 - Arqueología)-.Considerado por sus súbditos como Hijo del Sol, y, por lo tanto, divino, cuando un soberano inca moría, su cuerpo debía ser cuidadosamente momificado y conservado para la eternidad. 

Conocemos el cuidado y la reverencia que se prestaba a estas momias reales gracias a varios cronistas que, tras la conquista, dejaron detalladas descripciones sobre ellas y los rituales que las rodeaban. Es la única información que poseemos, ya que, desafortunadamente, las momias de los reyes incas fallecidos nunca han sido localizadas.

No sabemos con seguridad qué técnicas se utilizaban para lograr la momificación de los gobernantes, aunque tenemos alguna referencia al respecto como la de el jesuita Blas Valera: "Cuando el rey moría le quitaban los intestinos y embalsamaban su cuerpo con el bálsamo traído de Tolú". Actualmente, los investigadores creen que las momias se preparaban con bálsamo de Tolú (una resina que recibe este nombre por la región peruana de donde procede), mentol, sal, tanino, diversos alcaloides, saponinas y resinas.

Y aunque las momias no se han conservado, sí sabemos por algunas descripciones qué aspecto tenían. El padre José de Acosta, que tuvo la oportunidad de ver el cuerpo del Inca Pachacuti hacia 1590, lo describe así: "El cuerpo se encuentra tan bien conservado, y con una cierta resina, que parecía vivo. Los ojos se hicieron de pan de oro tan bien colocado que no había necesidad de los naturales [...]. Tenia el cabello gris y nada de eso había desaparecido, como si hubiera muerto ese mismo día, aunque en realidad su muerte se había producido más de sesenta y ochenta años antes".

Al parecer, cuando un rey fallecía, su cuerpo era depositado en cuclillas en un asiento, con las rodillas flexionadas bajo la barbilla, pedacitos de oro en la boca, puños y pecho y era vestido con magníficos ropajes. 

Al cabo de un mes, tras las ceremonias funerarias preceptivas –que incluían sacrificios humanos: las esposas y concubinas principales del monarca y algún niño o joven de la nobleza local–, el cuerpo se situaba en su lugar de reposo final, normalmente el palacio en el que había vivido, al cuidado de unos servidores.

Cada rey tenía su propio mayordomo, que se ocupaba de su alimentación; además unas mujeres cuidaban de que los insectos no se posasen sobre el difunto y pudiesen estropear la momia, y se ocupaban también de vestirlo, lavarlo y darle de beber (los incas pensaban que era necesario vestir y proveer de comida y bebida a las momias de sus ancestros para preservar el orden cósmico y poder así garantizar abundantes cosechas y la fertilidad del ganado).

Estas momias estaban ocultas a la vista de todos, excepto en ocasiones especiales, que eran sacadas en procesión y llevadas al Coricancha o templo del Sol, en Cuzco, la capital, donde se las disponía en un pequeño trono. Los Incas difuntos también visitaban a otros gobernantes muertos y participaban en banquetes públicos donde "bebían" y brindaban con sus descendientes. 

También concedían audiencias a sus sucesores, que les consultaban sobre cualquier aspecto del gobierno del Tahuantinsuyu, e incluso podían actuar como embajadores del Inca reinante, y eran enviados para negociar tratados o cualquier otro tipo de gestión política y militar a cualquier rincón del Imperio.

¿Dónde están las momias de los Incas?
Con la llegada de los españoles, algunos criados fieles se llevaron las momias de sus monarcas a algún lugar seguro para que no pudiesen ser profanadas, y allí siguieron siendo veneradas en secreto. En 1558, Juan Polo de Ondegardo fue nombrado corregidor de Cuzco y entre sus objetivos estaba localizar las momias de los reyes incas. Tuvo éxito en su búsqueda, ya que descubrió las momias de varios gobernantes y sus coyas (reinas).

El corregidor las reunió todas en su casa y allí las pudo ver el cronista Garcilaso de la Vega, que narra así el encuentro: "En la habitación encontré cinco cuerpos de los gobernantes incas, tres varones y dos hembras. Los cuerpos estaban perfectamente conservados [...]. Estaban vestidos como lo habían sido en vida. Fueron enterrados en una posición sentada, sus manos cruzadas a través de su pecho, la izquierda sobre la derecha, y sus ojos bajos, como si buscaran en el suelo [...]. Los cuerpos pesaban tan poco que cualquier indio podría llevarlos en sus brazos en la espalda de casa en casa".

Tras esta visita, los cuerpos fueron enviados a Lima, y el virrey Andrés Hurtado de Mendoza mandó conservarlos en el recinto del Hospital Real de San Andrés, donde el jesuita José de Acosta pudo verlas y describirlas. 

A partir de ese momento existen muy pocas menciones sobre estos cuerpos; la última data de 1638. Siglos después, en 1937, José de la Riva-Agüero dirigió una investigación para saber si, efectivamente, las momias seguían en el hospital o qué había sido de ellas. Se descubrieron varias criptas, pero en ninguna de ellas había momias.

En 2001, otra expedición arqueológica intentó dar con el paradero de las esquivas momias. Empleando un radar de penetración terrestre hallaron una cripta subterránea abovedada bajo el hospital y un pozo con basura de época colonial. En 2005 se excavó en estos lugares, pero no se halló ni rastro de momias. 

¿Estuvieron enterradas aquí las momias reales incas? ¿Fueron trasladadas en algún momento a otra ubicación? ¿Continúan ocultas en algún rincón del hospital? Por ahora estas preguntas permanecen sin respuesta y el destino de las momias de los grandes gobernantes incas continúa siendo un enigma.

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