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» » El reino perdido de los incas

(12/01/19 - Historia Americana)-.Desde épocas tempranas, en los territorios andinos habitaron etnias presididas por un sinchi o curaca, algunas de las cuales fueron muy poderosas. 

Pero, a pesar de su poder, no pudieron evitar que a mediados o finales del siglo XIII se instalaran en sus territorios los Incas, una etnia procedente de Taipicala, en la actual Bolivia, y que en uno de sus valles crearan un nuevo señorío: Q’osqo, "el Ombligo", nombre después transformado en Cuzco y Cusco; en él, Manco Capac se proclamó rey a sí mismo y a sus sucesores, estableció las primeras leyes de gobierno y se declaró representante del dios Sol en la tierra.

De Cusco a Machu Picchu
Eran los comienzos del Tahuantinsuyo, un pueblo dominador que a partir del noveno monarca, Inca Yupanqui Pachacuti, y de su hijo Tupac Inca Yupanqui, ejerció en América del Sur un papel similar al de Roma en Europa, tanto por su gran expansión territorial como por la unidad cultural que impuso en los lugares que sometió: desde el río Ancasmayo, en Colombia, hasta el río Bio-Bio, en Chile, lo que incluye las actuales repúblicas de Ecuador, Perú, Chile y el noroeste de Argentina. En estos territorios, los Incas (los soberanos de aquel pueblo) impusieron un riguroso orden social bajo el control de un poderosísimo ejército, férreamente disciplinado. 

Sin embargo, en 1534, tan sólo ciento sesenta y ocho hombres extranjeros abatieron a aquel gran Estado y se apoderaron, sin apenas resistencia, de sus extensos territorios.

Las causas del derrumbre del Tahuantinsuyo se encuentran en la guerra por la posesión del trono que desde 1527 sostenían Huascar y Atahualpa, los dos hijos del poderoso monarca Huayna Capac. 

En ella había muerto mucha gente, incluso los componentes de las panacas o familias reales, los gobernantes de las ciudades y hasta el mismo Huascar, el heredero cuzqueño. El pueblo se hallaba huérfano y en manos del vencedor Atahualpa, que era casi un extranjero pues, aunque el cronista Juan de Betanzos dice que había nacido en Cuzco, había pasado casi toda su vida en Quito, al norte del Tahuantinsuyo. 

A ese caos se unió el desconcierto que produjo la presencia de gentes extrañas cabalgando sobre animales desconocidos, a las que tomaron por viracochas: dioses blancos barbados. 

Todos estos factores llevaron a que apenas hubiera resistencia cuando, el 16 de noviembre de 1532, Atahualpa fue hecho prisionero por el español Francisco Pizarro y los hombres que le acompañaban.

Surge la resistencia
Una vez superado el asombro inicial, los ciudadanos andinos comenzaron a sentir un gran rechazo hacia los españoles. La situación llegó a ser tan tensa que el adelantado Francisco Pizarro, que gobernaba en nombre del emperador Carlos V, tuvo que nombrar Inca a Tupac Hualpa o Toparpa, un príncipe cuzqueño hijo de Huayna Capac, para que fuera intermediario entre él y los muchos pueblos que formaban el Tahuantinsuyo. 

Creyó que así tranquilizaría a los aborígenes; pero no lo consiguió, porque éstos no obedecieron al nuevo monarca a quien, por cierto, muy pronto envenenó el general de Atahualpa, Chalcuchima. 

Muertes y saqueos generaron un fuerte clima de inseguridad en la Nueva Castilla, como ahora se llamaba el Tahuantinsuyo, por lo que Pizarro intentó normalizar la situación eligiendo en 1533 como nuevo Inca a otro hermano del fallecido Atahualpa.

Las elevadas ambiciones de los Incas
El príncipe tomó el nombre de Manco Inca, y, aunque en los primeros momentos luchó a favor de los españoles y en contra de los quiteños del ejército de Atahualpa, desde su llegada al trono mantenía oculta la loable pretensión de poder restaurar el reino de sus antepasados. 

Pero los extranjeros ya habían fundado ciudades de corte castellano en las que el estamento indígena jugaba un papel muy importante realizando trabajos para ellos y, bajo esa nueva estructura urbana y social, el Inca veía que era muy difícil poder echar a los españoles, puesto que su poder como Inca no era efectivo, sino ficticio y dependiente de Francisco Pizarro.

Un día logró salir de Cusco con el pretexto de ir a buscar una estatua de oro macizo que había ofrecido a Hernando Pizarro y no volvió. De inmediato atacó y mató a españoles residentes en pueblos cercanos y después convocó a doscientos mil aborígenes para poner cerco a Cuzco; corría el año 1536. 

El asedio duró trece o catorce meses; durante ese tiempo las tropas del Inca estuvieron a punto de aniquilar a los españoles, pero éstos finalmente las derrotaron. Tampoco pudo vencer en otro cerco que, sobre las mismas fechas, puso a la Ciudad de los Reyes su general Quiso Yupanqui.

El reino de la selva

Choquequirao: En el siglo XIX, Antonio Raimondi (un geógrafo italiano naturalizado peruano) exploró este imponente enclave andino y creyó que se trataba de Vilcabamba la Grande, una identificación hoy descartada. 
Manco no se dio por vencido. Reunió a sus súbditos y les comunicó que había decidido iniciar una nueva guerra desde la selva de Vilcabamba, zona de muy difícil orografía situada a 175 kilómetros de Cusco. 

Allí, desde el reinado del décimo monarca Tupac Inca Yupanqui, sus antepasados habían fundado ciudades. Manco partió hacia Vilcabamba acompañado por un gran número de aborígenes, se instaló en la ciudad de Vitcos e inició una guerra de guerrillas en la que sus huestes atacaban a los que transitaban por los caminos y destruían las casas de los pueblos de la sierra.

Los españoles estaban decididos a terminar con el foco rebelde. En 1539, Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco) atacó Vitcos, mató a muchos hombres de Manco y, aunque éste logró escapar, tomó prisionero a su hijo, el pequeño Tito Cusi. Desde entonces, Manco no se sintió seguro en Vitcos y, junto con su gente, emprendió el camino hacia Quito. 

Más al llegar a Guamanga (la actual Ayacucho), advirtiendo que había españoles por todas partes, regresó a Vilcabamba y fundó ciudades por todas sus montañas, entre ellas Vilcabamba, a la que hizo capital del reino. 

Manco Inca gobernó hasta 1544, cuando fue asesinado por varios españoles y un mestizo a los que había dado asilo. Al morir dejó tres hijos: dos legítimos, Sayri Tupac y Tupac Amaru, y otro ilegítimo, Tito Cusi Yupanqui.

El reinado de su sucesor, Sayri Tupac, comenzó con guerra, pero el virrey Andrés Hurtado de Mendoza logró que abandonara la selva, se fuera a vivir al Valle Sagrado de los Incas y hubiera paz en Vilcabamba. 

Paz que no duró mucho, porque su hermanastro Tito Cusi Yu- panqui se proclamó nuevo soberano y reinició la guerra. Las autoridades españolas entablaron nuevas negociaciones y en 1568 lograron que entraran frailes a predicar el evangelio.

El fin de Vilcabamba
Muchos de los moradores de Vilcabamba se bautizaron, entre ellos el Inca, quien en 1570 escribió una Instrucción a Felipe II en la que justificaba el alzamiento y pedía derechos al rey de España como descendiente del Tahuantinsuyo. 

Pero, de repente, se sintió enfermo y veinticuatro horas después murió. Algunos cronistas dicen que falleció debido a una pulmonía, y otros, a que fue envenenado por sus capitanes, temerosos de abandonar la selva y caer en manos de los españoles.

Le sucedió en el trono Tupac Amaru, el heredero legítimo, a quien Tito Cusi había tenido encerrado en las Casas de las Vírgenes del Sol, una especie de monasterios donde residían las mujeres consagradas a esta divinidad. Por entonces, el virrey del Perú era Francisco de Toledo, a quien Felipe II había encargado que pusiera fin a la insurrección. 

El virrey envió a Vilcabamba un mensajero para iniciar conversaciones, pero los guerreros del Inca lo mataron antes de que se entrevistara con él. Cuando Toledo lo supo, armó un ejército de 250 hombres y a finales de mayo de 1572 lo envió a la selva al mando del general Martín Hurtado de Arbieto. 

El día 24 de junio, uno de sus capitanes, Martín García Oñaz de Loyola, se apoderó de la capital y seguidamente capturó a Tupac Amaru que, al ser atacado, había mandado quemar la ciudad. El Inca fue llevado a Cuzco donde, tras ser juzgado, sería decapitado en la Plaza de Armas.

El día que se fraguó el fin del Imperio inca
Seres divinos, los Incas gobernaron un imperio que se extendía sobre 4.000 km de los
Andes, y con unos 12 millones de habitantes, como muestra este mapa.
Después de estos hechos, el virrey mandó fundar una gobernación y una nueva capital en Vilcabamba: San Francisco de la Victoria. 

Pero, considerando los vecinos que era un sitio insano y que se hallaba alejado del área minera, la trasladaron a otro lugar, donde aún existe con el nombre de Vilcabamba la Nueva; más tarde, la zona pasó a ser un corregimiento y a partir de la independencia de Perú fue integrada en la provincia de La Convención. 

Para entonces, el reino de los Incas rebeldes ya había caído en el olvido, pues, con el paso del tiempo, la selva se había adueñado de las calzadas y las ciudades que los últimos señores del Tauhantinsuyo habían construido en el corazón de los Andes.

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