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La última carta del Indio Hay un ruido de platos vacíos en la Argentina

(09/06/26 - Opinión)-.El fallecimiento del Indio Solari, figura icónica de la música rock nacional, primero con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, después con una extensa carrera solista y siempre acompañado de una clara conducta militante, de la cultura, de la justicia social y de la vida, generó un verdadero terremoto en la sociedad argentina. Es que la muerte de la figura convocante al 'Pogo mas grande del mundo' incomodo de tal manera al gobierno que negó el recinto del Congreso Nacional para su velatorio, pero no solo eso, sino que además llevó a la provincia, a través de la acción del gobierno municipal de Avellaneda y la colaborción de varios municipios vecinos a tomar la posta y organizar una despedida que reunió a alrededor de un millón de seguidores del Indio sin que se generara un solo incidente.

a horas de conocerse su fallecimiento trascendió masivamente la 'Última carta del Indio' en la que cuestionaba las políticas sociales del gobierno y con un altísimo nivel poético. A continuación damos a comocer el texto de esta última carta.

La última carta del Indio

Hay un ruido de platos vacíos en la Argentina.

Un sonido áspero.

Como ascensores cayendo dentro de hospitales apagados.

Como tizas partidas sobre pizarrones gastados en escuelas que ya no llegan a fin de mes.

Y mientras desde arriba venden épica financiera con sonrisa televisiva, abajo la realidad mastica gente.

Los jubilados cuentan monedas como si fueran balas sobrevivientes de una guerra perdida.

Les licuaron la vida despacito.

Primero los remedios.

Después la comida.

Después la dignidad de tener que elegir entre calefacción o un paquete de arroz.


Y todavía aparecen predicadores del ajuste diciendo que el sufrimiento “era necesario”.

Como si el hambre fuese una materia universitaria.

Como si ver ancianos revolviendo descuentos fuera parte del equilibrio fiscal.


Los laburantes tampoco llegan.

El sueldo dura menos que un semáforo en verde.

El consumo se desplomó porque ya no se compra: se sobrevive.

La heladera parece un teatro abandonado después del saqueo.

Y en las calles hay persianas bajas como párpados cansados.

Construcciones detenidas.

Fábricas respirando por tubos.

Comercios vacíos donde antes había ruido de monedas y olor a pan caliente.

La recesión avanza como hollín pegado detrás de las paredes.

Silenciosa.

Espesa.

Entrando en las casas mientras algunos influencers del mercado festejan numeritos como si la economía fuera un videojuego sin cadáveres.

También le metieron motosierra a la educación y a la salud.

Universidades asfixiadas.

Hospitales universitarios peleando por insumos básicos.

Docentes agotados enseñando entre ruinas presupuestarias y techos que lloran goteras.

Pero en la televisión hablan de libertad.

Siempre libertad.

Aunque millones estén cada vez más presos del miedo, de las deudas, de la angustia de perder el trabajo.

Y entonces aparece el gran truco del circo:

hacerte creer que la crueldad es valentía.

Que insultar es gobernar.

Que destruir es sincerarse.

Que el ajuste sobre los cuerpos cansados del pueblo es una especie de purificación divina.

Hay fanáticos aplaudiendo el incendio mientras el humo les entra por debajo de la puerta.

Gente defendiendo verdugos porque aprendieron a odiar más de lo que aprendieron a pensar.

Y lo más oscuro no es el personaje delirante que grita desde el escenario.

Lo verdaderamente oscuro es una sociedad agotada, partida, furiosa…

que empezó a normalizar que le rompan el alma a los más débiles mientras le llaman “cambio” al derrumbe.

La Argentina no se está quedando sin plata solamente.

Se está quedando sin alma.

Sin paciencia.

Sin futuro.

Y cuidado…

porque cuando un pueblo ya no siente el dolor del otro,

el monstruo deja de gobernar desde arriba.

Empieza a vivir adentro de todos.

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